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En estos días de presentación de nuevos sistemas operativos, de lanzamientos al espacio y de “nueva” normalidad, me ha llamado la atención este video en el que Eduardo Arcos señala los problemas de Wolsvagen para construir su primer coche 100% eléctrico.

Si lo hago, es porque durante demasiado tiempo vengo observando el funcionamiento del sector inmobiliario en nuestro país. Esta gran locomotora de la economía, fuerte, contundente, siempre en unas cifras de vértigo: volumen de inversión, nº de viviendas a entrar, porcentaje del PIB… supongo que en el fondo, la gran Wolsvawen española es el ladrillo y no el automóvil, y esto tiene su peso. No solo en la economía, sino en nuestra propia cultura. Al igual que el “Made in Germany”, el “Construido en España” marca unas reglas reconocidas a nivel mundial, como lo es la calidad de los coches alemanes.

¿Cómo entonces, con todo el bagaje acumulado, con toda la experiencia, con todo el capital y, por qué no decirlo, con todo el apoyo de su gobierno, no es capaz de sacar adelante este trascendente proyecto para su futuro? Muy sencillo: por el pasado.

Durante un siglo (más o menos estamos en el centenario del Movimiento Moderno) hemos construido externalizando la inteligencia del producto residencial. Así de sencillo. Las personas pensaban y después se construía lo pensado. No hay que darle más vueltas. Todo el proceso científico, investigatorio, estadístico, intelectual… todo, se realizaba fuera y antes de la construcción. ¿No es así? Piénsenlo. Es cierto que hace cien años se personalizaba en un único autor y que ahora son equipos multidisciplinares de decenas de personas. Es cierto que antes eran mantas de papel y ahora son programas informáticos de última generación. Pero el proceso, el legado, sigue siendo el mismo: pensamos cómo sería la casa capaz de responder al mayor número posible de situaciones y escenarios, para después modelizar la mejor envolvente posible de todas las respuestas de acuerdo con un presupuesto, una normativa y un plazo. Es así de siemple.

Posiblemente en el sector del automovilismo sea algo parecido. Abstráigase del elemento dinámico del auto o inmóvil de la casa. Piénselo como un proceso. Sí, claro que para hacer un coche se invierte mucho más que para una casa. Lógicamente, se hacen miles de copias de un mismo modelo en el caso de los coches y una única replica de la respuesta en la vivienda (aunque ahora exista esa irónica convergencia en la que la solución residencial se copia hasta el infinito y el coche se personaliza cada vez más, curioso) Pero… una vez construido… ¿qué programación, qué actualización pueden tener dos productos que se concibieron antes de que el ser humano fue capaz de externalizar su conocimiento a sistemas informáticos?

Mucha gente no lo sabe porque no quiere saberlo. Pero ya existen coches que se actualizan como los móviles. Consiguiendo dar respuesta de formas que en su adquisición siquiera se conocían. AL igual ue un teléfono móvil. Menos gente aún sabe que no solo reciben información los vehículos, sino que la envían. Para que en el cúmulo de experiencias individuales se pueda alimentar nuestra inteligencia colectiva (bueno, más bien la de los propietarios) Esta es una cultura de trabajo de software, no de hardware. Es un modelo basado en el servicio y no en el producto. Y aquí está el gran freno para la construcción: si a poca gente le interesa evolucionar en la forma en que conduce y el vehículo en el que lo hace, menos aún aplicar esos criterios en la casa donde vive, ¿para qué?

A esta pregunta existe una respuesta muy clara: para salir del callejón sin salida al que nos lleva este modelo de vida. Después podríamos matizar miles de respuestas según la realidad de cada persona. Pero en el conjunto, infórmese, esto no da más de sí. Y si la mismísima Volskwagen se ha metido en el lío de ID.3, por algo será. Ante semejante contundencia, la siguiente pregunta sería lógica: si es tan claro, ¿por qué no lo hacemos entonces? Y aquí es donde el caso del coche adquiere su verdadera potencia respecto a la casa. No lo hacemos porque no lo entendemos. Y la cultura del “hágaselo usted mismo” aún perdura en nuestros genes y nuestra herencia. La romántica figura del padre arreglando el motor del coche aún pesa en nuestro inconsciente. Arreglar lo que conocemos implica poseer solo aquello que entendemos. Y algo parecido debe ocurrir con las casas: si no tienen alma, o su equivalente contemporáneo que seria programación, aunque podemos soñar con poder arreglar el tejado con nuestros hijos el fin de semana. Emulando las bucólicas imágenes de las películas que tanta tranquilidad nos producen porque consolidan el “todo sigue igual”.

Dudo de que la mayoría sea capaz de arreglar su coche por muy de combustión que sea. Como tampoco hay ya tanto “manitas” por ahí suelto. Sin embargo, nos resistimos a insuflar un sistema operativo a la vivienda. Espero que sirva de ejemplo el caso de la gran Volskwagen. Porque la vivienda tiene mucho más que aportar que un simple coche y sin embargo, está quedando relegada a la intrascendencia por pura inercia.

Existen ya ejemplos de viviendas pensadas desde su parte física y su parte digital. Tecnología y construcción aportando un servicio más eficiente y una experiencia más completa a sus habitantes. Pero, al igual que en el sector de la automoción… no pertenecen a “los promotores de toda la vida”.

Truetalk lleva varios años investigando la aplicación de las nuevas tecnologías a la vivienda. Desarrollando respuestas integradas en los sistemas operativos más extendidos a nivel mundial y primando siempre su integración con la producción limpia de energías y los nuevos modelos de movilidad, trabajo y educación.

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