La semana pasada se fulminó de un plumazo una de las muchas lógicas que nuestra sociedad conservaba y que esta marea liberalizadora está destrozando: el visado de documentos.
Sé que todos tenemos mil problemas por encima de este, que a duras penas una proporción ínfima de la sociedad se siente repercutida por esta medida. Puede preocuparme el tema, pero más aún, este desconocimiento. Porque, para mi, es una amputación más del poco poder civil que queda en este país. Al margen del perjuicio al mundo profesional y colegial, que lo es y mucho.
Hablar de colegios en España es hablar de gremios, que remontan en el tiempo más allá de nuestra propia memoria. Pero sobre todo, es hablar de la singularidad de nuestra propia forma de entender la construcción. Europa sufrió la devastación de la 2º Guerra Mundial, con la consiguiente necesidad de reconstrucción de ciudades desoladas, con soluciones de vivienda rápida y seriada. Y sus sistemas de producción y control actual muchas veces responden a esta realidad del pasado
Nuestro sistema sin embargo, no. Nosotros somos un territorio situado al límite. Vivimos en un límite geográfico, climático, cultural, físico…. Esta tensión se refleja en nuestra vivienda. Cada solar, es un mundo en si mismo. Y por eso, las ordenanzas locales anclan en forma de ley esa pequeña cuota de realidad que es un pueblo, un barrio, una calle. Y por eso, requerimos una solución singular a cada escenario singular. Un traje a medida, nada de pret-a-porter.
Tal vez en esa realidad surge la diferenciación entre proyecto básico y proyecto de ejecución. Los arquitectos somos sastres que cortamos la tela de nuestros recursos para adaptarlos al cuerpo de nuestros solares, al gusto de nuestros clientes. Y todo buen sastre, siempre hace una primera prueba antes de sumergirse en la laboriosidad de los pespuntes, en los ribetes de los ojales, en el minucioso cosido de los tejidos. Un básico y un Ejecución, que son dos momentos de un mismo proyecto, pero importantes en si mismos.
Omitir los controles que suponían esta primera prueba es un error en si mismo. Hay quien dirá que exagero, que no se ha eliminado esta prueba, sino la obligatoriedad del visado. Pueden llevar razón. Si la argumentación no fuese la reducción de costes en el proceso constructivo, podrían llevarla. Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿quién pagará ahora el coste de la supervisión? O lo que es más inquietante: ¿quién va a supervisar ahora la profesionalidad del sastre, la idoneidad de sus herramientas, la calidad de sus paños? Porque no se ha habilitado ni un solo mecanismo alternativo. Hoy, que las administraciones locales languidecen bajo el peso de sus responsabilidades, pensar que podrán acreditar la capacitación de los profesionales que firmen, la actualización de sus seguros, la corrección del contenido de sus documentos, es como mínimo una utopía. Y en el caso de poder hacerlo, sería invirtiendo recursos que ahora pagaremos todos, los contribuyentes, mientras que antes lo pagaban exclusivamente los beneficiarios de ese trabajo.
Pero claro, bajo todo este desmontaje del sistema hay que valorar la incomodidad que suponía para la Administración pasar por sistemas de control ajenos a su poder, la incomodidad que supone para grandes corporaciones la definición del detalle exigida por nuestro sistema. Y como ni unos ni otros, ni Administración ni Capital serán los que sufran la incomodidad de una chaqueta mal cortada, o el gasto de la tela desperdiciada, pues no pasa nada.
Tal vez empezamos ya a quejarnos de lo que aprietan las prendas-vivendas que han confeccionado en este último periodo para nosotros. Pisos que no son de nuestra talla, pieles sintéticas que nos rozan al caminar-vivir en ellas. que nos obligan a ser planchadas constantemente por su falta de calidad. Pues bien, si permitimos que cualquiera meta la tijera de cualquier manera, esto irá a peor, sin duda. Y de tijeras, desgraciadamente, sí que sabemos todos últimamente.


