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Andamos liados esta semana en la marabunta de cifras sobre el beneficio que el turismo generará en nuestra tierra. Miles de millones de euros que parecen venir a cambiarnos la vida a todos a cambio de… ¿no cambiar nada? No creo que sea la receta.

Básicamente, porque el mundo está cambiando a un ritmo increiblemente rápido. Para bien, y para mal.

Los grandes hoteles se empeñan en reinterpretar un lujo del pasado. Los pequeños, en competir con el residencial del presente. Y mientras, ¿quién se encarga del futuro?

Para bien, porque hoy más que nunca podemos conocer otras culturas, otras gentes y otros lugares a simple golpe de dedo. Los métodos de gestión de transporte, de hospedaje, de reserva de servicios, se han digitalizado y abaratado en tal medida, que han hecho asequible para la gran mayoría lo que antes, era un auténtico lujo para unos pocos.

Pero también está cambiando, y mucho, para mal. Porque todo ese trasiego de personas y mercancías está deteriorando nuestro soporte vital hasta un límite de no retorno. Obligándonos a replantearnos el turismo en su propia esencia: ¿para qué viajamos?

Porque cuando se habla de turismo sostenible, la propia combinación de palabras miente. La huella ecológica de este negocio no es sostenible en si misma. Viajar por viajar a costa de devaluar y contaminar tiene los días contados. Soy consciente de que estas palabras no serán bien recibidas por el sector, pero negar la realidad no ayuda a encontrar soluciones para el mantenimiento de su negocio.

Porque hay soluciones. Que pasan por entender el turismo de una manera más cualificada. Entenderlo no como un trasiego casi trashumante de personas de un lugar a otro, sino como un intercambio de experiencias y conocimiento valioso de cara a ese futuro que debemos encarar ya.

El fenómeno AirBnb ha demostrado que gran parte del alojamiento ofrecido por una ciudad puede ser absorvido por la propia ciudad. Pues está en la propia esencia del turismo: ofrecer la experiencia de conocer el lugar de destino en el máximo de vertientes posibles. Haciendo muy dura la competición en la categoría de experiencia geográfica.

Y aquí es donde entra la escala global del turismo contemporáneo. Cuando es afrontado de un forma conjunta, entendiendo que todos nos enfretamos a los mismos retos. Que es el conocimiento de distintas propuestas para vivir el futuro el justificante para desplazarse a experimentarlas. Y no la mera recración de un pasado. Por muy excelso y notorio que fuese. Hoteles capacitados para generar sus propios recursos, para conectar con el perfil digital de cada usuario. Hoteles que modulen sus costes en función de los hábitos de sus huéspedes. Premiando el compromiso con el lugar visitado, y de paso, afianzando la fidelización de sus clientes. Hoteles pro-positivos. Todo un reto.

Los grandes hoteles se empeñan en reinterpretar un lujo del pasado. Los pequeños, en competir con el residencial del presente. Y mientras, ¿quién se encarga del futuro?

 

Creo firmemente que solo las ofertas hoteleras capaces de conectar con esta escala serán capaces de aportar atractivo y viabilidad a su oferta en los próximos diez años. Todas las demás, seguirán comprometiendo nuestra situación a diez años. Pero total, ¿a quién le importa lo que pase entonces, salvo a Greta Thunberg y sus millones de seguidores adolescentes?