Me encantan las reuniones familiares. Seres queridos de varias generaciones, sumando distintas líneas de educación, de experiencias, de circunstancias… Hermanos de sangre que incorporan a sus parejas, a sus hijos. Padres que hacen hijos a las parejas de los suyos… Un universo completo comprimido en una velada de risas y cariño.
Aparecieron argumentos muy interesantes de verdad: “¿Qué es más caro, calentar una habitación entera o solo el interior de la cama?”
Y un tema como otro cualquiera en la dinámica de una reunión familiar: “ ¿ Qué tal con la manta eléctrica que te regalaron las últimas Navidades?”. Para cualquiera puede parecer una pregunta llena de inocencia y simplicidad. Pero resulta que gran parte de mi formación profesional se basaba en un axioma “casi” inamovible: “convertir electricidad en calor es uno de los procesos menos eficientes”. Si esa electricidad encima es de origen renovable, si la hemos producido desde el sol, o desde el viento, menos lógico aún.
Mi sorpresa no fue tanto la pregunta, pues conozco lo frioleras que podemos llegar a ser las personas. Mi sorpresa fue ver como en nuestro núcleo familiar este “electrodoméstico” es más habitual de lo que pensaba. Grandes y pequeños disfrutan de esta maravilla de la tecnología. Regalándose cada noche la calidez de una cama bien caldeada por una de estas mantas eléctricas.
“Yo dejé de usarla porque gasta mucho y la luz está muy cara”. Fue alguna de las reacciones. “A mi no hay quien me la quite” Decían alguno de los pequeños. “Eso no gasta nada” aseveraban desde el lado más adulto…
El debate estaba servido. Como en la cena y las post-cena, lo importante no es el tema o el menú, sino el talante con el que lo disfrutas. Válgame el cielo que no estaba en mi ánimo ser el típico “cuñao sabelotodo” que tanto se caricaturiza en la publicidad. Los años y las ganas de disfrutar me permitieron quedarme en un papel de observador, aprendiendo de la información que cada uno aportaba. Desde su experiencia con la manta eléctrica. Desde su estrategia con la factura eléctrica. Y desde su posición respecto a la casa. Que cada uno en la suya, hace lo que cree más oportuno.
Aparecieron argumentos muy interesantes de verdad: “¿Qué es más caro, calentar una habitación entera o solo el interior de la cama?” También algunos aspectos de pareja: “Con la manta puedes tener tu lado calentito sin hace sudar a tu pareja”. Y algunos de una sensatez incontestable: “yo la programo un ratito y luego se apaga sola, tenga o no tenga frio”. Y risas. muchas risas. Toda la conversación tuvo la calidez de un humor familiar muy especial.
Donde no conseguimos ponernos de acuerdo fue en si el cacharrito consume mucho o poco. Tema difícil cuando la subida del precio de la electricidad nos have ver que “todo es caro”. Separar consumo de precio es una cuestión que a los mayores nos cuesta. Y más aún, educar a los pequeños. Cuestión esta vital para su educación de cara al futuro. La época de austeridad que vivieron los abuelos se vio superada por la de barra libre que hemos disfrutado la siguiente generación. La de los nietos tendrá sus propias reglas, seguro que no serán las nuestras. Pero total, el verano está a las puertas y las mantas eléctricas volverán a los armarios hasta el invierno que viene. Habrá tiempo de rescatar la conversación. Para generar más risas.
PD: anoche no era el momento. Pero en nuestra casa, la manta está conectada a un enchufe capaz de programar el horario, conocer el consumo y desactivarse automáticamente si no dormimos allí. Entre risa y risa consulté el consumo. 500w en la potencia media que usa Carmen (yo soy súper caluroso y talibán con el tema energético) Así que 4 horas por noche como la suele tener, supone 2kWh.
¿Mucho?¿Poco? ¿Que piensa? Creo que sin datos es difícil generar un criterio objetivo. Solo a partir de ellos se puede construir una estrategia energética efectiva y rentable. Llevada a cabo gracias al inmenso desarrollo tecnológico que hay a nuestra disposición. Diseñado y configurado siguiendo premisas claras, es capaz de generar beneficios económicos y un bienestar inmenso. Tanto cuando estamos en el hogar como cuando disfrutamos de nuestro tiempo fuera de él. Pero esa es otra historia que, algún día, le contaré a la familia 😉


