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Es algo casi involuntario. No nos damos cuenta, pero estamos empezando a despreciar la tecnología. Nos ha acostumbrado a ponernos las cosas tan sencillas que hemos empezado a considerar como una obligación lo que antes era un regalo. Olvidamos cómo cada dia nos ayuda a gestionar nuestras rutas, nos traduce textos que de otra manera serían ilegibles. Nos acerca a nuestros seres queridos, nos conecta con nuestros saldos, nuestros documentos y nuestas preferencias… Nos resuelve casi la totalidad de nuestras dudas, haciéndonos creer que poseemos todo el conocimiento del mundo y sin embargo… 

A poco que su utilización nos pide un poco de esfuerzo, a poco que su infalible funcionamiento tiene un pequeño tropiezo, la despreciamos. Y la depreciamos. Devaluándola a la peor de las calañas: “maldita máquina”. Un poco de pérdida de cobertura, un fallo en la última actualización, son suficientes para perder toda la credibilidad ganada en miles de horas de servicio ininterrumpido, silencioso y casi, gratuito. 

Tal vez la tecnología, como el planeta, se está convirtiendo en el recurso fácil para canalizar gran parte de nuestras frustraciones. De nuestras limitaciones. Para proyectar contra ella lo que no deja de ser nuestra realidad, por más que no queramos asumirla: somos seres frágiles, pequeños en comparación con el total. Expuestos a mil y un motivos de zarandeo, de quiebra, de ruptura. Somos así. No pasa nada. Pero a base de querer olvidarlo, a base de querer trascenderlo, le hacemos feos a las bases sobre las que hemos sustentando nuestra enorme evolución. ¿O de dónde han salido los recursos materiales para alcanzar este bienestar y esta longevidad nunca conocida en la historia de la humanidad sino del planeta y del avance tecnológico? 

El ser humano es codicioso por naturaleza. Y ahora que el planeta muestras síntomas de fatiga, y la tecnología evidencia con su inteligencia colectiva la imperiosa necesidad de cambio en nuestro estilo de vida… le damos la espalda. Simplemente, la negamos. Culpamos a la naturaleza de los males que nos aquejan. Y ponemos en duda toda esa potencia de cálculo capaz de restaurar nuestros perfiles históricos en segundos, pero “de dudosa credibiliad” cuando nos dice que consumimos dos veces y media más de lo que podemos consumir. Y que esto, toca a su fin.

Pobre tecnología. Pobre Planeta. No merecen semejante desprecio. Y sobre todo, pobre aquel que siga sin querer aprovechar todo lo verdaderamente bueno que tienen para nosotros. Porque la tecnología no está aquí para reafirmarnos en nuestos errores. Para alentar una comodidad y una banalidad  basada en la sobre-explotación. La tecnología no debería utilizarse para seguir produciendo, construyendo y consumiendo como lo venimos haciendo. Y encima, más rápido y a mayor escala. La tecnología será parte de la solución, una herramienta valiosísima para salir de este pozo en el que no dejamos de cavar y cavar siempre y cuando seamos nosotros los que queramos cambiar.

Porque si seguimos aferrándonos a hacer las cosas como las hemos hecho siempre, no habrá tecnología capaz de enderezar este fatídico rumbo. Ni planeta capaz de soportar nuestro enorme desprecio.