“Hasta el techo” Esta fue mi propuesta cuando hace algunos años un buen amigo se adentró en el mundo del equipamiento deportivo y promovió un club urbano de pádel. “Hasta el techo de energías lo más locales posibles y de tecnologías lo más globales posibles”. Ese era el núcleo de mi oferta profesional: el diseño de una experiencia innovadora para el usuario, rentable a largo plazo y regeneradora para el entorno urbano en que se asentaba.
Defendía con mi oferta que la experiencia de un espacio construido va más allá del simple impacto visual, sonoro, olfativo… Un edificio no es solo la impresión que genera en nuestra vista. Por más que los medios audiovisuales lo estén constriñendo a esta escala. Hacer partícipes a los usuarios de su lógica, de sus procesos, de su balance… es tan fidelizante o más que el más lujoso de los acabados.
noticia del 15 de agosto
No surgió la colaboración. Estos días me he acordado al leer la siguiente noticia: “Andalucía alcanzó este miércoles la punta de demanda eléctrica» (ABC, 15 de agosto de 2025) Generada por la ola de calor de casi dos semanas que estamos atravesando. Verano a verano rompemos el techo de las temperaturas máximas. Unido a otro más, el de días seguidos con temperaturas máximas. ¿Cómo enfrenta un modelo de negocio esta nueva realidad climática? Mal, ya se lo digo yo. Si la construcción de un espacio se entiende como el cumplimiento de la normativa mínima, mal. La Ley no es el máximo al que aspirar. Es el mínimo que cumplir. La competitividad está entre el suelo normativo y el techo innovativo de cualquier emprendimiento que encaremos. En la medida en que el techo de un emprendimiento sea el mínimo común exigido… mal vamos.
Ya vino Amazon con sus furgonetas eléctricas a demostrarnos esta visión en el comercio. Nadie le exigió realizar el reparto de cercanía en vehículos eléctricos. Ni desarrollar la plataforma digital más poderosa y versátil. Sin embargo con su inversión, su innovación y su visión a largo plazo, nos demostró que la logística no iba de sacar “unos cientos de kilómetros más” a la vieja furgoneta. Ni la venta de abrir más y más horas, tensionando los recursos humanos y materiales al límite. (Que conste, adoro el comercio local con trato personalizado, productos locales y personal entrañablemente humano)
Este verano, la columna vertebral de nuestro modelo económico, el turismo, está sintiendo una tensión térmica capaz de poner a prueba el más paradisiaco de los destinos. Poniendo a prueba su capacidad de aguante. Y al límite nuestras instalaciones. ¿Cómo puede un negocio soportar el incremento no previsto de sus costes operacionales cuando sus capacidades son ajenas a esta nueva realidad climática, energética y tecnológica? Dejar el peso de una inversión al suelo de la normativa es llegar muy pronto al techo de una enorme disyuntiva: subir el precio del servicio prestado o dejar de hacerlo en condiciones óptimas. Hasta donde yo sé, muchas normas hablan de las condiciones ambientales para la prestación de un servicio. Ninguna de la exención de obligaciones por costes operacionales. (Que llegarán, se lo aseguro. Igual que en el letra pequeña de casi todos los equipos electrónicos que tenemos indican en qué rango de temperatura se garantiza su funcionamiento) Estos sobrecostes, por ahora, no son “causa mayor”.
En paralelo, me llegan noticias sobre la apertura de un nuevo centro deportivo similar al emprendimiento protagonista de esta historia. Con certificaciones ambientales que lo habilitan para albergar competiciones internacionales. Cargado de sistemas energéticos “hasta el techo”, literalmente: todo el tejado es de células fotovoltaicas entre otras muchas perlas. Capacitado para dar un servicio eficiente, consciente y consecuente con los tiempos que corren. A sus socios (que también corren, y sudan la gota gorda), y a su entorno.
¿Podría un negocio alcanzar estas prestaciones no habiéndolas tenido en cuenta desde el inicio? Sí, la verdad es que gran parte de ellas sí. La pregunta es ¿A qué coste? Eso nunca se sabe. Los empresarios de la vieja escuela defienden su escandallo a cualquier precio. Lo seguro es que será más caro (económica y ambientalmente) que habiendo invertido desde el principio en diseño.
El suelo, la base, los cimientos de cualquier buen negocio los ponen los valientes que arriesgan. Quienes aportan su coraje, su experiencia y sus recursos. Pero hoy el techo, para que sea bien alto y atractivo (y garantice rentabilidad en tiempos de turbulencias), debe ponerse andamiado en la innovación. Guiado por el conocimiento, la investigación y la excelencia. Un techo que mire hacia un futuro lleno de abundancia. Apalancarse en la repetición de la mínima normativa, sin innovación, no es un techo. Es un espejo. Un reflejo estático y estéril de un pasado que no volverá. Un muro. Que por más que pueda transmitir seguridad y beneficios a corto plazo, no deja avanzar. Ni a la empresa, ni a la sociedad a la que suministra sus servicios.
Y tú, ¿dónde pones tu techo? Hablamos.
(Mientras escribo esto, España sigue ardiendo. Rezo porque sobre esas cenizas no crezcan nuevas-viejas viviendas y sí una nueva conciencia de nuestra relación con el territorio, el futuro y sus recursos)


