No sé ni por donde empezar. Con todo lo que está pasando, hablar de cargadores eléctricos de coches puede parecer un “problema del primer mundo”. Y en parte lo es. El problema, es que se acumulan demasiados retos para seguir siéndolo. Y la realidad, una vez tras otra, viene a demostrar los riesgos que nos acechan.
Es difícil explicar el cambio que la vivienda debe experimentar para afrontar los tiempos en que vivimos. Cada vez somos más. Devorando más y más recursos. Con menos conexión directa entre lo que consumimos y el impacto que produce. El único lazo es el dinero. Y este, está cada vez más devaluado. Más contaminado. Más manipulado. El dinero ya no es la confianza en el futuro que debía ser. Cuando más se mezcla economía y política, menos confianza y valor posee.
No pretendo hacer un relato apocalíptico. Todo lo contrario. Soy propositivo por naturaleza. Pero para tomar las decisiones acertadas y encaminarse hacia las soluciones, hay que conocer el punto desde el que se parte. El de nuestra sociedad tiene algunas características que la diferencian del resto con las que convivimos. Por ejemplo:
- La estructura de nuestros partidos políticos. La pantomima de las listas abiertas ya evidenció su teatralidad. Ya todos sabemos que los cargos se deben a sus partidos, no a sus votantes. La política así deja de hacerse servicio para convertirse en profesión.
- Nuestro sistema funcionarial. Más vitalicio que el del propio país que lo inventó. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Esta característica imprime muchísima inercia y lentitud a cualquier movimiento que se le proponga al sistema. Esto, hoy, no es especialmente bueno.
- Nuestra organización autonómica. Pasamos de un país centralizado al intento de un sistema federal de la noche a la mañana. En medio del experimento apareció un hermano mayor llamado Europa. Y un nuevo lenguaje digital desconocido aún por la mayoría. Y por si fuera poco, el dinero se hizo más global que nunca. ¿Qué podría salir mal?
- Nuestro sistema tributario. No entraré en detalles: todos somos culpables mientras no demuestres lo contrario. Paga antes, lucha luego. Y por supuesto: cuanto más complicado, mejor. ¿Inflación, devaluación, innovacion…? : recaudación. La Agencia no se adapta a los tiempos que corren para cada uno. O te adaptas al único tiempo de la Agencia, o estás muerto.
En medio de esto, ya llevamos algunas crisis en las que sistemáticamente aparece un vector común: frente a la inacción, el enfrentamiento y la descoordinación de las administraciones y sus dirigentes, la acción civil se ve con todo el peso de la responsabilidad para su propia subsistencia. Es la acción conjunta de las personas la que evita el colapso. El sentimiento comunitario hace que la suma de cada esfuerzo obtenga resultados imposibles desde la individualidad o desde la burocratización. Las inundaciones y los incendios nos traen ejemplos de límites impensables de los que estamos obligados a aprender.
Al igual que en un péndulo, las sociedades, cada una a su ritmo y en su tiempo, van pasando del extremo del individualismo al extremo del intervencionismo. Y siempre, en el punto medio, de ida o de vuelta, la comunidad cercana es el punto de mayor equilibrio y estabilidad . Según le vaya a cada cual, dirá que venimos de un extremo o del otro. Hay quien piensa que aún estamos altamente intervenidos por las inercias del anterior régimen. Hay quien piensa que el exceso de individualismo está produciendo estas tensiones. Yo no lo sé. Solo sé que los cambios que como sociedad necesitamos van a llevar mucho más tiempo del que dura una legislatura. Que los pactos que conlleva una reorientación nacional ni están, ni se les espera. Y sé que mientras tanto, la comunidad más cercana es el único refugio que nos queda. No como resistencia al cambio inevitable. Todo lo contrario: como protección del cambio necesario.
Aquí entra mi experiencia de hoy con los cargadores de coches eléctricos (odiados por unos, amados por otros…). A principio de año pusieron no uno, sino dos en la acera frente a mi casa. Para que se hagan una idea, cada “monolito”, cada cargador urbano, en las potencias innecesarias que se están poniendo, ronda los 60-80.000€. Bien, uno no funciona. El otro, por no tener no tiene ni manguera. Me he acercado a otro que hay a una distancia media. En la aplicación decía que funcionaba. En la realidad, no. Me he ido a un centro comercial, a las afueras de la ciudad. Más de media docena de puntos de pago, de nuevo todos de alta potencia y altísimos precios. Más de 4 meses instalados. “En breves momentos les atenderemos” reza un cartel justificando su ko técnico. Los dos gratuitos, sin servicio…
¿Estoy enfadado por no haber podido cargar el coche? Si, claro. Yo no le hago daño a nadie por tener un coche eléctrico. Solo quiero ser coherente y consecuente con lo que creo que es mejor para todos. Aún teniendo que pagar un coche más caro inicialmente (luego en el día a día es infinitamente más eficiente) Mi enfado es porque hace unos años, tenía la ilusión de que las casas podrían generar la energía que alimentaran nuestros coches. Estudié y estudio hasta la saciedad cómo funcionan los sistemas, como integrarlos en las viviendas, como hacer la vida más sensata y acorde con las capacidades de nuestra tierra y nuestra cultura. Imaginé e imagino que los cargadores serían de las comunidades de vecinos. Que la carga de los coches sería con el sol de sus tejados, en un intercambio justo de recursos. Y que así, las personas cuidaríamos de consumir solo lo necesario, y tendríamos beneficios por ofrecer todo lo disponible. Y un respaldo en caso de emergencias. Percibiendo nuestros hogares como espacios seguros. Como hogares protectores. Aún no lo son. Hay muchos intereses en que todo siga igual. Eso sí: lo serán. Pero para eso, tenemos que cambiar. Nosotros.
Quiero creer que nuestros políticos trabajarán por el bien común. Que nuestra administración velara por la justicia común. Que el dinero de las empresas será al final invertido con sentido común… No sé si veré esos cambios. Mientras tanto, sé que el trabajo en comunidad será el único que nos proteja como personas en medio de todas las turbulencias que atravesaremos en ese trayecto. Solos no se llega muy lejos. El depósito para este viaje no se llena con dinero. Se llena con comunidad. No solo de personas: de fauna, de flora, de recursos naturales, intelectuales, culturales…
Ese trabajo comunitario no estará en cumplir las normas. Ni el de las comunidades de vecinos ya constituidas, ni el de la nueva vivienda por construir. Será el de superarlas. Y en muchos casos, incluso desoyéndolas. Según las normas, mi barrio cumple con el número de puntos de carga de sobra. Según los funcionarios, según las empresas, según los políticos, todo está en orden, ya ves!. Eso sí: mientras que en Europa de cada cuatro paneles, tres están en el tejado de un vecino o de una comunidad, en España es al revés: solo uno de cada cuatro aporta directamente a la comunidad sin intermediarios. Solo uno produce desde la eficacia de la proximidad. Que quede claro: no son los paneles fotovoltaicos los que arrancan los olivos: es la codicia de unas pocas personas (físicas o jurídicas). Para perjuicio de muchos.
Fuerza civil. Acción civil. Convicción civil. ¿Hablamos?
(Con todo el reconocimiento a esas comunidades que están defendiendo del fuego sus casas, sus pueblos, sus vidas al fin y al cabo. Toda una lección)


