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A veces nos olvidamos de lo importante. Dando papel de protagonista, a lo que es meramente accesorio. En el tiempo que llevo estudiando la tecnología aplicada a la edificación, los detalles han ido tomando un peso en mi trabajo que, a veces, me ocultan el verdadero objetivo de este emprendimiento: compartir. Ha tenido que ser una antigua alumna y excelente profesional hoy, la que me lo recuerde al experimentar en primera persona la invitación a entrar en una de nuestras casas virtuales.

“Nosotros somos más de prestar, de dar”

Y es que existen varias generaciones por debajo de mi edad que ya dejaron atrás el concepto individualista de la propiedad. Y comparten. Simple y llanamente. No desde la ingenuidad, claro que no. Pero desde luego, no desde el simple interés. Las cosas están para disfrutarlas, no para acapararlas, acumularlas o cuantificarlas. Y las casas, como las cosas, tienen el valor del uso y no solo del precio.

Si me retraigo al punto de partida de TRUETALK, sin duda la Certificación Energética de 2013 fue el detonante. Un sistema inútil para terminar de desactivar todo el potencial de utilidad de la vivieda. Nacido desde el fracaso de un contexto leído solo en clave económica y no ambiental. En mi cabeza (y en mi corazón) siempre late la asimetría entre los muchos recursos consumidos por una vivienda que cada vez produce menos satisfacciones, y la falta de producción de la misma (con su consiguiente satisfacción). Nuestras casas pueden producir, y mucho. Pero no para uno, sino justamente eso: producir mucho para muchos entre muchos. O sea, compartir.

será la capa tecnológica que situemos en nuestros hogares actuales la que nos permitirá re-conocer  los recursos naturales a nuestra disposición

Al igual que antaño tuvimos huertos que producían para alimentar a la familia, y cuyos excesos tratábamos como moneda de cambio con otras familias aledañas, la capacidad para producir energía de manera económica y en red hoy es una realidad. Estable técnicalmente, viable económicamente e imprescindible ambientalmente.  Todo lo demás, es secundario.

Soy plenamente consciente de que será la capa tecnológica que situemos en nuestros hogares actuales la que nos permitirá re-conocer  los recursos naturales a nuestra disposición. Posibilitando nuestra calidad de vida. Que nada tiene que ver con una cultura consumista. El bienestar y el consumo no  van de la mano.

Tal vez mi generación y las anteriores están demostrando un egoismo inmenso al negar esta realidad. Situadas en lo más alto de la pirámide de mando, actuamos desde el negacionismo más absurdo ante dos realidades incuestionables:

  1. Nuestro sistema de vida es ya insostenible. La huella de nuestra raza sobre el planeta es ya visible, y deja herida sobre herida.
  2.  Serán nuestros hijos e hijas quienes lo paguen. Independientemente de la cantidad de patrimonio que hereden para “proteger” su futura madurez.

Si las casas producen, gestionan y distribuye energía, la inteligencia que dirija todos estos movimientos no será individual. Sino necesariamente, colectiva. Universal. Por eso nuestra apuesta por los lengujaes universales. La primera sorpresa de mi joven invitada fue: “¡no tengo que bajarme ninguna aplicación!” No, porque la relación con el hogar está incluida en el lenguaje base de tu sistema operativo. Tanto si es IOs de Apple como si es Android de Google. Y aquí radica la vocación universal de nuestro planteamiento de hogar digital. Puedes compartirlo con quien quieras, sea como sea. La persona, y su sistema operativo.

Está claro que las reacciones serán diferentes. Ver en la pantalla de un dispositivo tan íntimo como un móvil las luces de la casa de otro, la climatización, las cámaras o la cerradura, a priori, impone. Y estará en las personas que intervienen en el préstamo la definición de los términos en que se realice. En el anfitrión, definir la forma en que su invitado puede acceder. En el invitado, la forma en que la usa. Por muy digitales que sean, siguien siendo casas.

Pero casas que, gracias a una filosofía tECnOlógica con objetivos distintos a los que cononcemos, y a generaciones con valores distintos a los que manejamos, compartan. Y se compartan. Con naturalidad y eficiencia.

Podremos retrasar desde nuestro egoismo cortoplacista esta r-evolución, pero está claro que el tiempo, y la razón, corren a su favor.