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El centro de la Arquitectura no es el diseño. ni el confort. El centro de la labor arquitectónica, son las personas. Y por ello las respuestas que desde la Arquitectura demos a este momento disruptivo, tienen que poner a las personas, sus intereses, capacidades y preferencias, en el centro de su discurso.

Me interesa el potencial que la tecnología actual aporta a la necesaria reconversión del sector residencial. Me interesa mucho. Cuando hablo de ello, la gente nota la pasión que me produce. Muchos me contestan identificando mis propuestas con domótica. Nada más lejos de la realidad. La domótica lleva presente en nuestra cartera de herramientas desde los años 60. Gestionada y diseñada por muchas áreas de conocimiento. Algunas cercanas a la Arquitectura. Otras, no. Los niveles de excelencia conseguidos por estas tecnologías son increíbles. Pero no siempre entendidos por las personas que los utilizan. Ni integrados en las viviendas que los portan. Ni orientados en el verdadero beneficio del lugar en que personas y casas se asientan al formar “su hogar”.

Hoy, la tecnología (no la domótica, no las casas) empieza a ser capaz de buscar la naturalidad en el trato con las personas que la utilizan. Rompiendo la tendencia a la especialización que implicaba manejar “máquinas” (Han pasado décadas desde la primera vez que vi el primer termostato programable. Aún no soy capaz de programarlo) Hoy las casas pueden ser espacios de producción de recursos y no solo de consumo. Hoy las personas pueden y deben relacionarse de manera natural con las tecnologías para para optimizar sus consumos de sus casas. Sea cual sea su casa en cada momento de su vida. Sin implicar la automatización, la seguridad ni el confort como único objetivo.

Hoy la Arquitectura será sensible a estos aspectos. O no será Arquitectura. Y lo será naturalizando e integrando la relación entre la tecnología, la vivienda y las personas que la habitan, o no será. Logrando que las personas y las casas hablen. Y se entiendan. Porque si una persona no entiende a su casa, no la sentirá como propia.

Al igual que si una casa no entiende a sus habitantes, deja de ser casa. Para convertirse en un simple y caro producto. O lo que es peor: en un lastre