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Así no

Nov 16, 2025 | INVESTIGACION, Residencial

La coincidencia (o no) ha querido que un amigo me mande una foto del Salón Inmobiliario del Mediterráneo el mismo día en que tenía programada una clase llamada “La fiesta de las maquetas”. ¿La suma? La total convicción de que el camino actual no es el camino a seguir.

En el centro del curso, focalizado sobre la vivienda, este viernes nos tocaba una clase sobre la utilidad de las maquetas para verificar las intenciones, las escalas y las propuestas de un proyecto residencial. Muchos aspectos: la materialidad, el uso de la luz natural, las soluciones estructurales, el tratamiento y la integración con el terreno, la escala humana, la escala urbana… Una hora de referencias, alusiones, preguntas, bromas, ejemplos… Más de 70 minutos de intento de conexión entre los requisitos que en su día la sociedad otorgó a la Arquitectura y las capacidades de validación y comunicación de las maquetas. ¿El resultado? Un silencio sepulcral. Una inacción paralizante.

¿Cómo va a querer nadie asumir las obligaciones de una profesión inhabilitada para proponer algo que vaya más allá de satisfacer la pornografía inmobiliaria en la que estamos inmersos o de cumplir los mínimos normativos en los que estamos atrapados?

Y no, esto no se resuelve con la salida fácil: “los jóvenes de hoy no se esfuerzan como los de antes”. No diré que todos se parten el lomo. Pero de que se esfuerzan no tengo la menor duda. Tras meditarlo todo el fin de semana, veo que la raíz de este colapso hay que buscarla más allá de una clase, de una escuela o de una ciudad.

El mercado dejó de valorar hace mucho tiempo lo que la sociedad exigió a sus viviendas. Desde hace mucho tiempo y por el conocimiento que da la escala del tiempo. Ha reducido la calidad al precio y tasa este en función de variables muy alejadas de las capacidades, las responsabilidades y las cualidades que una vivienda contemporánea debería conllevar. Hoy, más que nunca, el precio de una vivienda depende solo y exclusivamente de la ubicación, de la superficie y de la apariencia. Una ubicación referenciada respecto a centros ajenos al potencial real del lugar. Una superficie más derivada de la normativa o de la moda que del estudio y la anticipación de las futuras necesidades. Y una apariencia cercana a la “hoguera de las vanidades”, alejada de la ciencia y, más aún, de la conciencia.

Todo esto no debería estar ni en mi temario ni en mi cabeza. Pero está. ¿Por qué? Porque la construcción de estas casas —que serían más bien el sueño de nuestros padres o abuelos— está hipotecando el futuro de nuestros hijos. La focalización de tantos y tantos recursos materiales, humanos y financieros en viviendas meramente especulativas y nada propositivas está anclada en el pasado, no en el futuro. ¿Cómo va a querer nadie asumir las obligaciones de una profesión inhabilitada para proponer algo que vaya más allá de satisfacer la pornografía inmobiliaria en la que estamos inmersos o de cumplir los mínimos normativos en los que estamos atrapados?

Soy plenamente consciente de que hay personas en mi clase que luchan contra esta realidad. De que hay personas en mi profesión que luchan contra esta realidad. También soy consciente de que hoy, conseguir un mundo mejor será la lucha de muchas personas contra el interés de unas pocas. Interesadas en que todo siga igual. Sé lo difícil que es, porque también lucho.

Soy padre, soy arquitecto, soy profesor de Historia, Teoría y Composición. Soy consciente de que estos excesos, estas desviaciones, ya han ocurrido en el pasado. Y fue necesario el grito claro y alto de personas valientes para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Un grito claro de personas comprometidas con su presente y con el futuro de la siguiente generación. Incomprendidas la mayoría en sus comienzos, perseguidas incluso. ¿Saben qué fue lo que señalaron como primer paso?:

Así NO.