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INTRODUCCIÓN

El pasado 15 de julio tuve el verdadero placer de intervenir en un coloquio on line organizado por Cosentino y Fundación Arquitectura y Sociedad. Compartiendo ideas y emociones con Alicia Banderas, psicóloga, Belinda Tato, cofundadora de Ecosistema Urbano  e inesperadamente con el maestro Francisco Mangado. Todo un lujo.

Como muchas de las cosas buenas de la vida, el guión inicial era uno y el resultado final (que podeís ver aqui) fue otro. Algunas de las cuestiones que nos hicieron llegar previamente salieron en la conversación. Otras, no. Y como soy de aprovecharlo todo (más si es una buena sensación como esta) las comparto en esta entrada para un domingo de grados centígrados y lectura.

Idea sobre la relación entre arquitectura, el habitar y la felicidad.

Ante todo, me gustaría agradecer a Cosentino esta relación tan bonita que vamos fraguando, y a la Fundación Arquitectura y sociedad esta primera cita.

Para empezar, querría definir la pequeña parcela desde la que afronto en este coloqiuio compartiendo mi concepto de arquitectura, y mi concepto de felicidad. Al menos, los que barajo en este momento de mi vida. 

Un arquitecto japonés decía que la arquitectura es la guardiana de los recuerdos de las personas. Es una bonita definición. Cuando alguien te encarga una casa, tú imaginas su posible descendencia, y sabes que sus recuerdos cuando sean mayores tendrán por escenario la casa que tú, hoy, diseñes para sus padres. Creo que quería decir que la arquitectura se adelanta en el tiempo para hacerse responsable del escenario de nuestros futuros recuerdos. ¿Qué quiero decir? Que en arquitectura, pasado, presente y futuro generan una enorme linea de implicación. Y esto, en un momento donde la inmediatez prima sobre todo, hace muy complicado transmitir nuestro compromiso al resto de agentes de la construcción. Porque la arquitectura, no lo olvidemos, es solo una parte cada vez más intranscendente de una maquinaria cada vez menos bondadosa.

Por otro lado está la definición de felicidad. Leo mucho, ¡Y sufro mucho! Me dicen que pienso demasiado y posiblemente crean que eso me aleja de ser feliz gran parte de mi vida (todo lo contrario). Pero, a raíz de este encuentro (y de pensar lo mucho) he asumido que una de las  definiciones de Punset me llena muchísimo: la felicidad es la ausencia de miedos. La ausencia…. Que no la negación. No podemos confundir ausencia con negación, como no debemos confundir felicidad con placer. Es más, entiendo que negar los miedos nos niega la felicidad. Y aquí aparece otra de mis coordenadas: el negacionismo en el que vivimos nos aleja de la felicidad porque niega nuestros miedos. Me da igual el miedo a la fragilidad en las viviendas de personas mayores que no adaptamos que el miedo al futuro en jóvenes que no pueden acceder a su primer hogar. Me da igual el miedo de quienes no tienen recursos y temen no poder pagar la luz en su casa, o el miedo al legado que los más adinerados están dejando a sus descendentes. Lo negamos. Y sin asumir el miedo común que marca nuestra sociedad (el miedo al cambio y a la evolución necesaria, el miedo al futuro, el miedo al fin de un modelo de explotación intensiva de los recursos que nos está poniendo al límite de nuestra superviviencia) negaremos la posibilidad de que nuestra arquitectura sea parte de la solución, perpetuando su papel como problema. Porque no nos engañemos: la construcción, en todas sus escalas e impactos, es el mayor impacto ambiental que sufre este planeta. Y posiblemente la arquitectura no deba ya proteger al ser humano de su entorno, sino más bien, al entorno del ser humano.

¿Qué aspectos consideráis más importantes en el habitar cuando miramos desde la perspectiva de la felicidad?

La coherencia. Entre nuestro modo de vida y nuestra vivienda. Hemos cosificado nuestras casas. Invertimos en ellas como productos, pero de espaldas a los servicios y retos que hoy necesitamos. Seguimos negando las carencias de la vivienda actual a base de simular solo su apariencia y no su verdadero potencial: mejorar sus limitaciones, reducir su dependencia de recursos alejados, producir energía para ella misma y nuestro entorno.

Tras pasar tanto tiempo en nuestros hogares ¿somos ahora más conscientes de la influencia que tiene el espacio en nuestro bienestar? ¿pensáis que esto influirá en la demanda de nuevos tipos de vivienda?

Sin duda los anhelos cambian. Pero también la realidad. Ya se ha generado una burbuja informativa con las propuestas de grandes terrazas, jardines… pero la realidad es que la normativa sigue siendo la misma. Basada en la cuantificación, no la cualificación. La realidad es que el consumo energético del hogar  ha subido un 25% en el confinamiento. Y seguimos sin saber dosificar el internet a nuestros hijos sin perjudicarnos nosotros mismos… Una terraza ayuda mucho, pero hay que jerarquizar las prioridades. Porque si no, ahondaremos en un individualismo que nos aleja de la felicidad.

Nuestras ciudades se caracterizan como compactas y complejas frente a otros modelos más dispersos, en las que el espacio público tiene un papel relevante en el día a día. Algunas cuestiones como la movilidad, el acceso a los servicios, al ocio, a la asistencia sanitaria, … condicionan en gran medida nuestra vida. ¿pensáis que la reflexión sobre todos estos aspectos va a cobrar más importancia en el futuro?

La movilidad, el teletrabajo y la sensación de colapso están ahí, presentes. Se han evidenciado. Podrían sacar lo mejor de nosotros mismos… pero también lo peor. Hablamos de ciudades inteligentes, pero no existen. Existen personas comprometidas, que requieren casas ÚTILES!!! Para poder tener un consulta a través de su ordenador, o trabajar sin que la videoconsola le deje sin ancho de banda… o una casa que sepa optimizar la climatización cuando sea necesaria… La ciudad la hace la ley, y no escucho mucho discurso de reconversión. Creo más en la fuerza de lo civil hoy por hoy

La vida en común y la relación con los otros ¿nos hace ahora más felices? Tras la pandemia ¿siguen estando nuestras ciudades y nuestros edificios preparados para albergar un estilo de vida en el que la relación con los otros es importante?

Tenemos una oportunidad para avanzar. Pero ante esa oportunidad de sacar lo mejor de nosotros mismos (por ejemplo, la reacción en la comunidad de vecinos del proyecto de  Gabriel Verd) está evidenciándose nuestra incapacidad para trabajar en equipo. La salud es un fiel reflejo de lo que ocurre. Dependemos unos de otros.

El distanciamiento social ¿pensáis que será coyuntural o ha venido para quedarse? ¿es coherente con nuestra forma de habitar?

El recelo estará ahí durante mucho tiempo. Somos latinos, las relaciones sociales son una parte importante de nuestra cultura. 

Defiendo desde el principio de esta pandemia las posibilidades  que la tecnología nos ofrece para enfrentarla. Desde la incorporación de asistentes por voz en las casas sin contacto físico hasta las aplicaciones de rastreo de contacto a escala urbana. El mundo occidental (al contrario que el oriental) demoniza la tecnologia. Que no deja de ser una inteligencia colectiva al fin y al cabo. Cuando se utiliza bien. La seguridad digital será un tema a integrar en el diseño de un mundo cada vez más dependiente de la interconexión.

Hemos optado por el metacrilato y de nuevo la provisionalidad pensando que nada cambie… así nos irá.

Tras la situación que hemos vivido, ¿pensáis que es necesaria una arquitectura que favorece la relación y cooperación entre vecinos?

Hablamos de gestión del territorio, no solo de relaciones entre personas. Nuestro modelo es de explotación, no de cultivo, ni de recolección, ni de almacenamiento como ha sido el papel del hogar durante siglos. Y que ahora, vuelve a demostrar su importancia. La felicidad no es de uno, no puede ser individual. Por mucho que lo sea la sociedad en la que vivimos. Nuestro reto es pasar de este individualismo de masas a una socialización adaptativa. 

Para mi, los nuevos sistemas de almacenamiento y gestión de energías renovables en comunidades de proximidad son el núcleo de la r-evolución residencial. Todo lo demás, marketing promocional. 

¿Es la relación con la naturaleza es un aspecto necesario para la felicidad? ¿cómo se debería incorporar a los nuevos modelos de habitar? ¿cómo intervenir en las ciudades ya existentes para mejorar este aspecto?

Ante todo, deberíamos repensar qué es naturaleza en pleno sXXI. Porque podemos volver a caer en el negacionismo a base verla como simplemente verde. Lo natural es lo que se desarrolla con sus recursos inmediatos. Por eso la ciudad, en sí misma, NO ES NATURAL. Es artificial, lo cual no es peyorativo. Debemos hacernos responsables del deterioro que suponen algunas de nuestras acciones. no por artificiales, más bien por egoistas. Y restaurar una capacidad productiva real, no especulativa. 

Teniendo en cuenta que la felicidad puede implicar el acceso a una vida plena, a la educación, a la salud, a la energía o a la vivienda digna… ¿es posible garantizar esto para todos ?

Sí, pero no desde la arquitectura. No solo desde la arquitectura. Es necesaria una revisión de nuestros mecanismos de dimensionado.  Yo vengo halando hace tiempo del Mínimo de Consumo Necesario y del Máximo de Suministro disponible. Porque dimensionamos nuestro mundo desde unos supuestos recursos ilimitados… ¡que ya no lo son! Y para este cambio, necesitamos naturalizar nuestra relación con la tecnología desde el diseño.

A partir de vuestra experiencia ¿Podéis darnos un modelo o ejemplo de ciudad para vivir más felices?

Sería difícil focalizar todo lo hablado en una única ciudad. Pero podría presentar a muchas personas que viven felices en sus ciudades. Las ciudades las hacen las personas. No hay ciudad felices o infelices. Somos las personas las que debemos re-educarnos para después re-construir nuestros entornos. Los cambios no empiezan por una mudanza. Empiezan por uno mismo. Por eso desde Truetalk siempre hablamos de tecnificar la vida de las personas, no las casas. 

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