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Estos días se está hablando mucho de la transición. La que experimentó esta sociedad en los primeros años de la Democracia. Un trabajo hecho por todos que benefició a todos. Han pasado más de cuarenta años. Y seguimos disfrutando de muchos de los méritos de aquella visión de nosotros mismos.

Todos, de una manera u otra, somos conscientes de la necesidad de un nuevo marco conjunto para evolucionar nuestro sistema común de vida y poder mirar al futuro con las mayores garantías. El ruido y la falta de decisiones constructivas no hacen más que retrasar y dificultar este paso.

Pues bien, en Arquitectura el escenario está siendo bien parecido. Al fin y al cabo, la Arquitectura no es más que un reflejo de la sociedad en la que se desarrolla. Materializando en forma de edifcios y espacios los sueños, las ambiciones, la realidad y los complejos de las fuerzas sociales que la promueven.

Posiblemente sea la propia sociedad civil la que construya su nuevo discurso. En una especie de Autoconstrucción para la Transición

España tuvo una Arquitectura para su transición democrática realmente enviada por el resto del mundo. Nuestra capacidad para dar forma a un espíritu reformista, actualizador y equánime fue realmente admirado por el resto de tendencias. Que observaron en nuestra construcción residencial e institucional una mezcla entre frescura, compromiso y responsabilidad social realmente atractiva. Desde el Norte hasta el Sur, desde la vivienda social de menor presupuesto hasta las grandes obras icónicas de un nuevo modelo de Estado, todos los campos de la edificación y el urbanismo hicieron brotar soluciones de gran coherencia y valentía.

Todo este éxito no es fruto de la casualidad. Siempre me gusta recordar que son solo dos los paises del mundo que poseen  una visión tan global de esta profesión como la española: Suiza y Japón. Lo cual no supone menoscabo alguno a los modelos de formación del resto del planeta, pero sí un orgullo del nuestro. Creo firmemente que esta Arquitectura de la Transición fue posible porque la formación recibida abarcaba los aspectos técnicos y humanísticos que requería la situación. Y la sociedad, en su conjunto o a través de sus recién estrenados órganos de gestión, confiaban en la calidad de la producción ofrecida. Capacidad, Compromiso y Confianza.

Hoy, nuestra sociedad, inmersa en un ruido ensordecedor que no hace más que alejarnos de nuestras prioridades y ponernos en duda respecto a nuestras capacidades, tiene ante sí un nuevo reto. Desde mi punto de vista, mayor aún que el anterior. Puesto que la transición hacia la Democracia poseía una escala nacional. Y teníamos referentes de hacia dónde íbamos. Estas dos circunstancias no se dan en la Transición Climática ante la que debemos reconfigurar todo nuestro sistema. Por su escala, que es mundial. Todo nos afecta, y lo que hacemos, afecta a todos. Y no, aún no tenemos claro qué modelo debemos seguir para minimizar el impacto de las acciones del pasado en las generaciones del futuro.

Existe un modelo conservador y negacionista, que defiende la continuidad de las reglas actuales. Alegando la estabilidad que ello conlleva. Ocultando el interés personal que subyace en este inmovilismo. Y que eclipsa cualquier atisbo de solución. El otro, el modelo de cambio, aún no ha tomado rostro, ni forma, ni materialidad. A duras penas podemos componer un “collage” de soluciones tomadas de uno y otro lugar, de unos y otros contextos, y pensar que en la suma, puede estar el camino a seguir por los demás. O al menos, el ejemplo. Creo firmemente que las soluciones de los demás deben ser inspirtativas en la búsqueda de las propias y no aspirativas en una copia sistemática y errónea por descontexto.

Pues bien, en Arquitectura el escenario está siendo bien parecido. Una gran mayoría de la producción que estamos viendo como “referente”, no es más que el último goteo al exprimir un modelo ajeno a la realidad. Al reto que verdaderamente debe encarar cualquier creación obligada a mantener en el tiempo la integridad de sus habitantes (que no a ella misma). Vestida con valores de elegancia, rentabilidad y modernidad, sigue utilizando todo el poder de sus creadores (que no son los profesionales de la Arquitectura que le ponen cara, ni los políticos que les conceden licencias) para convencernos de que el interés particular es, en verdad, interés común. De que lo que es bueno para ellos, lo es para los demás.

Esto podría ser cierto. La búsqueda del interés colectivo, que es el que debería prevalecer en esta Transición, puede y debe generar beneficios para sus actores. No solo esto: el perjuicio al interés colectivo de esta Transición debería tener consecuencia para sus actores. Quien la hace la paga. O al menos, debería. No está siendo asi. Y bajo argumentos tergiversados, melancólicos o como mínimo, superficiales, la maquinaria sigue funcionando. Más rápida, más cínica, más blindada. pero tal y como nos ha traído hasta aquí.

La Vivienda necesita una Transición Climática. Necesita un modelo nuevo que de forma a la Capacidad, al Compromiso y a la Confianza de quienes sean capaces de impulsarla. A día de hoy, no sé si será la Arquitectura tal y como la conocemos, así, escrita en letras mayúsculas, quien sea capaz de reunir la formación y la valentía necesarias para hacerla viable. Ya se alzan voces que hablan de su intrascendencia. Por puro agotamiento, que no por falta de contenido en mi opinión. Tampoco sé si será la clase política actual. No lo creo viendo lo que estoy viendo. Posiblemente sea la propia sociedad civil la que construya su nuevo discurso. En una especie de Autoconstrucción para la Transición. Esperpéntica a ojos de la ortodoxia. Ilegal a ojos del poder. Pero útil para aquellos que quieran pervivir a las trasnformaciiones de su entorno. Y harán bien. Y pueden contar conmigo. Al fin y al cabo ¿no es ese el fin de la Arquitectura, facilitar la súpervivencia?