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Resultan apasionantes estos tiempos que nos está tocando vivir. Esta afirmación puede molestar a muchos por mucho, pero coincidirán conmigo en que la celeridad con la que se desarrollan los acontecimientos es frenética. Y frente a otros periodos en los que bien nos podría haber tocado vivir, la cantidad e intensidad de lo vivido es… apabullante. 

Lo cual, me genera una gran pregunta. Una trascendente pregunta. Intentaré desarrollarla en este escrito, y espero me ayuden a encontrar respuesta. Porque desde ya adelanto que no dispongo de ella. Sabiendo que gran parte del acierto o fracaso de mis movimientos como profesional estarán condicionados por las conclusiones a las que pueda llegar. Con vuestra ayuda, o solo ante el peligro.

 

Necesitamos cambiar un mundo en el que a todo se le pone un precio. Bien, ¿Cúal es el precio de una idea para cambiarlo?

 

Para enunciarla, debo posicionarme previamente. Tengo educación de profesional liberal, vocación docente y un impuslo irrefrenable hacia el sector empresarial. Ya, ya sé que mucha gente a raiz de estas afirmaciones dirá: “no tiene remedio”. Es posible. Pero déjenme desarrollar un poco más. Desde esta triple impulsión, estoy absolutamente convencido de que vivimos un momento disruptivo en muchos aspectos de la vida. En el económico, en el sanitario, en el social, en el ambiental… Esta década pasará a la historia de la humanidad cuando seamos capaces de salvarla… A la humanidad, cómo no. Yo ya soy de los convencidos. A quien hay que salvar no es al planeta. Es a nosotros mismos. Esto no va de dejar un mundo mejor o peor para nuestros hijos. Esto va ya de que nuestros hijos sean capaces (o no) de vivr en el mundo que estamos.

Pero no nos vayamos del tema. Soy positivo. Seremos capaces de reorientar nuestra actividad industrial, económica y financiera para superar esta bola de partido y permanecer como especie sobre este planeta en unas condiciones “mínimamente estables”. Bien, de ahí lo disruptivo del momento. Porque para ello, deberemos dejar atrás muchas de las prácticas que hoy damos por “eficientes”, o “rentables”. O tirando de conservadurismo.. “clásicas”. O sea, que las cosas que creemos que hacemos bien, dentro de poco asumiremos que no estaban tan bien hechas. Pero en la transición, el lío está asegurado. ¿Qué está bien y qué está mal? Por aquí llega mi duda.  

En un mundo totalmente mercantilizado, solo se valora lo que tiene un precio. Es así. ¿Tienes un producto? ponle precio. ¿ tienes un servicio? Dime cuánto cuesta. Esta es la realidad en la que nos movemos. Y aunque me harán muy felices todas las excepciones que se puedan dar como réplica, sabemos que serán pocas. Básicamente, por lo poco valoradas que están.

Así que recapitulando, necesitamos cambiar un mundo en el que a todo se le pone un precio. Bien. La pregunta podría ser bien sencilla: ¿Cúal es el precio de una idea para cambiarlo? . Bueno, sencilla, sencilla…. tampoco. 

Voy a recurrir a un mecanismo usado en la tasación, que es la valoración inversa. Veamos. Para que cambie el mundo, cualquier idea tiene que ser aplicada por una empresa u organismo con capacidad para llevarla a cabo. Vivimos en un mundo en el que una sola persona no puede hacer mucho, salvo de nuevo honrosas excepcciones. Así que esa idea ha tenido que llegar hasta el núcleo operativo de una empresa. Para esto ocurra, las empresas tienen dos vías: o producirlas, o comprarlas. La lógica es aplastante. Y el negocio, claro. Si me sale más barato producir la idea con mi propio personal y mis propios recursos, prefiero esta internalización. Si por el contrario, o no dispongo de personal capaz y recursos viables, o bien me sale más caro que adquirirla fuera, pues entonces, vayamos al mercado a adquirir una. 

Hasta aquí, todo correcto, todo sensato, todo bien. Pero … ¿cómo verifican la validez de una idea empresas que han mecanizado su producción hasta el punto de considerar un error cualquier alternativa a su cadena? O por la otra punta del pensamiento anterior: ¿cómo adquieren ideas o asesoramiento externo las empresas de hoy en día? 

Sí, yo pienso igual. El mecanismo más habitual es… la oferta. Un proceso identificado con valores tan potentes como la transparencia, la democracia, la competitividad… Un proceso de selección en el que varios aspirantes se enfrentan entre sí para beneficio del resultado final. Es un proceso noble (al menos lo fue) con el que se consiguió dar la espalda al amigismo, a la manipulación y al fraude. Sí, un gran mecanismo. Personalmente siempre defendí que la competitividad de estos procesos (los concursos lo son también) hacían que, a igualdad de precio, se ofrecieran mejores productos o servicios. Así deberia ser. Porque, cuando el proceso comienza a escorarse, cuando aparecen las bajadas temerarias y todas esas deformaciones, lo que conseguimos es una devaluación de la calidad. Pero ese, como el tema del planeta, es otro tema. 

La pregunta que nos trae hasta aquí surge en este momento. En el momento en el que una idea diferente a lo que viene haciéndose hasta ahora tiene que abrirse camino en un mundo de empresas cada vez más grandes que están muy especializadas ya en hacer lo de siempre. La pregunta surge en esta paradoja que supone ofertar servicios disruptivos. Porque ofertar lo mejor de ti, de tu empresa, de tu capacidad, implica estar dispuesto a  perder lo mejor de ti. ¿O no? . He ofertado ante grandes empresas nacionales y sentí así  el proceso. Traducir una idea en forma de oferta, implica poder baremarla según un modelo que aún no existe. Y por lo tanto, competir en inferioridad de oportunidades No hacerlo, significa quedarse fuera de mercado. Lo que viene siendo un susto o muerte vaya.  

Necesitamos empresas que se alimenten de apuestas por lo nuevo y no de ofertas contra lo antiguo

A este nudo gordiano se une la crueldad de ver cómo las personas encargadas del proceso son incapaces de evitarlo aún queriendo defender la singularidad de tu planteamiento. Porque caen en la misma paradoja que tú. Si quieren comprar, tienen que comparar y por lo tanto, homogeneizar. Y al no poder hacerlo sin renunciar a su carisma, se ven obligados a generarla desde el interior de su estructura. Con la deformación o defunción segura de aquella idea inicialmente genial y de gran valor. Enterrada o tergiversada por profesionales que en su día creyeron en la idea. E incluso tal vez en ti. Pero que no tuvieron más remedio que asumir el inmovilismo de un proceso que agoniza por su propia perfección. No hay mayor injusticia, que el exceso de justicia. 

Escena de la película

Escena de la película “Juegos de Guerra”

 Aparece aquí la parte más emocionante de los tiempos que vivimos. Porque por pura lógica, quien tenga una idea disruptiva y sepa que necesita una empresa para desarrollarla, generará una nueva empresa si realmente quiere  verla crecer. Una empresa con una flexibilidad y fluidez inexistente en la mayoría de grandes consorcios consolidados.  Una empresa que se alimenta de apuestas por lo nuevo y no de ofertas contra lo antiguo. Que genera conocimiento nuevo. Que genera reglas nuevas.  Lo vimos en el sector de la banca. L estamos viendo en el sector de la automoción…Por cierto, a este tipo de apuesta no se le llama locura ni temeridad. Se le llama investigación. (Y a la apropiación indebida de ideas ajenas, parasitismo, y está penado) En otras culturas, la investigación en la empresa está mucho más valorada que en la nuestra desgraciadamente.

Por fin, dicho todo, solo resta formular mi pregunta ante la paradoja de la oferta: Tenemos un proyecto que suma transición energética y digital para el sector inmobiliario. Con una larga investigación que lo consolida y un plan de negocio que señala su rentabilidad. Con posibilidad de encontrar financiación en el marco europeo:

 ¿Quién nos quiere acompañar?

 

PD: La imagen que ilustra a esta entrada es de la obra póstuma del gran Jose Luis Cuerda, “Tiempo después”. Inevitable referencia basada en el concepto de “empaquetado” que maneja en su sublime guión. Y he escrito pensando en mi padre,  empresario con enorme visión. Hoy día de San Ignacio, fecha tan cercana a su fallecimiento hace algunos años.

 

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