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Esta década cambiará completamente el concepto que arrastramos sobre nuestra vivienda. Dejaremos atrás la idea de objeto y de inversión, para experimentar nuestro hogar como un servicio de utilidad. Nuestro hogar será aquel espacio en el que depositamos nuestra confianza, producimos nuestos recursos y protegemos nuestras pertencias, nuestras competencias  y nuestros recuerdos más queridos. Compartiendo nuestro modo y espacio de vida con otras personas dispuestas a valorarlo. Todo esto, no puede llamarse Casa Pasiva. (por muy bien que suene en ingles, passivhouse) La nueva vivienda bien merece un nombre estimulante. Y más acorde con sus retos actuales. Reivindico como denominación, la casa ACTIVA.

Hoy encaramos un momento disruptivo. Las energías renovables son más baratas. La tecnología nos permite conectar nuestra casa y su producción con el resto de casas. La movilidad será diferente y muy posiblemente alimentada en gran parte por nuestras viviendas…

¿Quiere esto decir que estoy en contra de las casas pasivas? No, claro que no. Más bien, estoy en contra de su nombre. Porque su concepcción se basa en un contexto histórico en el que la producción de energías renovables era más cara que la energía convencional. Porque se concibió en un momento en el que no existía el Big Data, ni la Inteligencia Artificial, ni el Internet de las Cosas. Y cada persona con sensibilidad ambiental, tenía que hacer la lucha por su lado. En esos contextos, es más que admirable marcar como objetivo de una vivienda reducir su consumo a cero. Pero, hablando claro… no es un objetivo muy estimulante. Al igual que la tendencia logarítmica, el acercarse eternamente a una cifra que no es nada, por muy eficiente que sea el resultado, es como mínimo, aburrido.

 

Y a este tedio debemos sumarle un elemento disuasorio más: Las buenas ideas, en su desarrollo y con el tiempo, se degeneran. Se burocratizan. Y pierden gran parte de su frescura y motiviación. Hace 20 años andaba uno estudiando Energías Renovables aplicadas a la Edificación. Por aquel entonces, las grandes certificadoras internacionales apenas eran un germen de lo que hoy son. Ya existían las discrepancias entre los criterios ingleses y los alemanes. Desde el Sur hacíamos nuestros amagos para incorporar también nuestros criterios… la globalización y el regionalismo llevan a tortas todo el siglo XX, no iba a ser menos el comienzo del XXI.

 

Al final, ganaron los del Norte. Y comenzaron a hacer protocolos, y check-list, y sistemas de indicadores de todos los colores y géneros posibles… Comenzaron a profesionalizarlo, estandalizarlo y cuantificarlo… Y hoy tenemos varios de estos sellos. Sobre los que se oyen varias historias según les vaya el baile. Casi nadie está del todo contento, a todos les parece muy caro, y pocos son los que reconocen que sea un elemento determinante para el cliente. Bien, tal vez no lo sea para el cliente como particular pero sí debería  para el Estado como garante de nuestra viabilidad conjunta. Pero, aquí entramos en el más vergonzoso de todos los sellos posibles, la Certificación Energética.  Y vista esta, el “timo de la estampita” como yo le llamo, no podemos más que agradecer  el hecho de autoimponerse un listón un poco más alto. No sigo porque me caliento.

 

Volvamos al núcleo de esta entrada: la Casa Activa. ¿Por qué este cambio? Por semántica. Verá usted. Su casa no puede seguir de espaldas a la crisis climática en la que vivimos. Ni su economía, negándose las posibilidades de producción que un hogar del s. XXI puede ofrecerle. Y cuando entramos en economía, todo el mundo lo entiende. Podemos reducir los gastos hasta cero, pero la viabilidad y calidad de vida parte de la generación de dinero. Generar ingresos y reducir gastos. Dos partes de una misma ecuación. En qué momento decidimos eliminar la producción de los hogares, es otra cuestión. Pero que lo hemos hecho, eso es seguro. Y de ahí, mi antipatía hacia el término PASIVA.

Una Persona Activa puede hacer que cualquier casa se convierta en  ACTIVA. Y una CASA ACTIVA, puede activar a cualquier persona

Hoy encaramos un momento disruptivo. Las energías renovables son más baratas. La tecnología nos permite conectar nuestra casa y su producción con el resto de casas. La movilidad será diferente y muy posiblemente alimentada en gran parte por nuestras viviendas…

 

Todo esto, requiere: 

  • Casas capaces de generar energía, agua, conocimiento…
  • Casas capaces de aprender de si mismas y de otras.
  • Casas capaces de compartir (sus recursos y conocimientos) con otras personas y con otras casas 

Casas activas. 

Y lo que es más importante, necesitamos: 

  • Personas dispuestas a desaprender lo aprendido y a aprender lo desconocido.
  • Personas capaces de interactuar con la tecnología y con su entorno
  • Personas auténticas, valientes y positivistas. 

Personas activas

Hay mucho por rehacer. Y no todo el mundo servirá para este cambio. Muchas personas sucumbirán  ante la pasividad y pesadez de un pasado que lastrará cualquiera de sus opciones de cambio. Pero hay muy buenas noticias. Una Persona Activa puede hacer que cualquier casa se convierta en  ACTIVA. Y una CASA ACTIVA, puede activar a cualquier persona. Esta es la maravilla del tiempo que nos está tocando vivir. Este tecno-consciencia es un viaje de doble sentido entre el derecho de cada individuo y el interés general como sociedad. Un viaje inevitable que requiere energía. Para activar a las personas, y para reubicar a las casas en el centro del debate. El trayecto realizado por las casas pasivas fue muy admirable y de agradecer todo lo aprendido. Ahora toca pasar a la acción. Ahora tocan las CASAS ACTIVAS. Que no se están construyendo desde las escuelas técnicas, ni en los despachos de los políticos. La NuevaVivivenda se activa en ti.