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Llega un pequeño virus, y de repente, lo cambia todo. O más bien, evidencia lo que siempre estuvo ahí: No somos tan fuertes como creemos. No somos tan independientes como queremos. No somos tan nómadas como pensamos. Al final una turbulencia, una amenaza, consigue que valoremos lo que tenemos y que, en demasiadas ocasiones, obviamos.

Esta crisis sanitaria parece haber focalizado nuestra atención en un mismo punto: el hogar. Toda su virulencia ha hecho que la vivienda aparezca como el refugio que siempre fue. Y que a base de minusvalorarlo, mercantilizarlo y minguneralo, habíamos olvidado como eje y centro de nuestra vida. La casa ha sido, es y será siempre la columna de una vida segura, sana y activa. Y a poco que revisemos las consecuencias de esta amenaza, bien merecería ver entre tanta psicosis y catastrofismo, la oportunidad de refuerzo que tenemos ante nosotros:

–  La casa segura: porque así debe ser. Porque dejamos tras la puerta todo lo que puede amenzarnos, y dejamos entrar solo aquello que queremos

La casa sana: porque el mejor de los planes de vida empieza por una casa limpia, sin duda. Pero no solo a base de limpiarla, sino de elimnar la suciedad que día a día hemos ido dejando que genere nuestro propio hogar.

La casa activa: la casa que genera y no solo que consume. La casa en la que se descansa, pero en la que también se produce. Se hace, se almacena y se transforma.

La casa puede y debe ganar puestos en nuestra lista de prioridades. Por varios motivos y escenarios:

– Como hogar de nuestros mayores que ahora se ven obligados a paar más tiempo dentro de ella y no se la hemos adaptado a sus verdaderas necesidades y si a nuestros gustos

– Como hogar de nuestros hijos. Para los que queremos todo pero a veces no es lo que necesitan. Una casa que llenamos de objetos materiales  pero en la que no controlamos los contenidos digitales. Y en situaciones como estas, se evidencia esta descompensación.

– Como hogar de nuestros trabajos. Porque hoy nos recomiendan minimizar desplazamientos pero somos incapaces de conectar con nuestros espacios y recursos productivos si no es de manera física. Porque nuestra casa no está preparada.

Y sobre todo, nuestra casa como refugio de todo lo nuestro y de todos los nuestros . ¿Se imagina que una de estas crisis afecte al suminstro de combustibles? ¿O al suministro energético? ¿ O a alguno de los proveedores de conexión? ¿Qué haría entonces su hogar,? ¿Qué capacidad de reacción tiene?

Hemos digitalizado la mayoría de ámbitos a los que dedicamos una parte de nuestra vida: volcamos nuestra productividad sobre cuentas bancarias digitales. Disfrutamos nuestro tiempo de ocio en base a reservas digitales. Calculamos el tiempo y el recorrido que pasaremos en los coches calculándolo en bases de datos digitales…

Y ahora que todo pone en el centro a nuestro hogar, ¿no es tiempo de preguntarte cuanto más vas a negar la necesidad de actualizarlo? ¿O vas a esperar a la siguiente crisis?